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Holanda 74′, el inolvidable subcampeón

Vivimos tiempos espinosos e intrincados. Quizás nos estemos adentrando en peores. En nuestro interior habita la sensación de haber tenido todo, pero de no haberlo valorado, como todo cuando se pierde. No sabemos qué hacer, nos aburrimos. Fisgamos por la ventana, y nada. Calles vacías, como nosotros por dentro. Pasan las horas, seguimos tumbados en el sofá. Resistir en casa, un mes, ese es el objetivo. Tan solo 30 días. Los mismos que necesitó el protagonista de hoy para esbozar la estrategia que le condujo al recuerdo de todos.

Marinus Michels, por entonces entrenador del Barça, se puso a los mandos de la Selección de Holanda y, en este lapso de tiempo, planificó el (casi) impecable Mundial de Alemania 74’. Hizo del torneo mundialista más lluvioso y gris de la historia, ‘La Traviata’ de Giuseppe Verdi. Cambió reglas, nada tornaría a ser igual. Ahora, gimoteemos no saber qué hacer en este periodo de confinamiento. 

Una naranja, no tan ‘mecánica

En este exiguo y reducido tiempo, Rinus Michels ideó un plan depurado, una artimaña perfecta que se diferenciaba del resto por su imprevisibilidad, su distinta e innovadora idiosincrasia. La llamada ‘Naranja Mecánica’. Si se entiende ‘mecánica’ como el capacidad de crear, siguiendo un mismo patrón, cualquier bien o servicio, disto de su apelativo, porque es justo lo contrario. Eran once jugadores libres, sin pautas ni presión a sus espaldas ya que, por entonces, tan solo habían participado en dos Mundiales (1934 y 1938). Se movían de manera natural, orquestrados bajo la batuta de uno de los grandes de la historia, Johan Cruyff. Todo se movía por y para él. Iba al apoyo, rompía al espacio, se giraba, también al rival, conducía, atraía rivales, protestaba, regateaba, se movía de banda a banda, era un ente totalitario, pero todos querían coexistir con él. 

Rompiendo con lo arcaico

Encorsetar a aquel equipo es imposible. La continua movilidad de las fichas hacían los ataques, tremendos. Asediaban con la totalidad de sus hombres alrededor del bloque rival. El intercambio de posiciones era constante, todos pisaban todas las zonas, buscando y reconociendo siempre qué zonas libres atacar. No importa el aspecto o condición, cada uno se situaba en el espacio en el que otro no estaba. Así de simple, o eso parecía. La libertad de movimientos permitía una variabilidad en sus ataques inaudita. Las rupturas sin balón se repetían sin cesar. Ganaban la profundidad con envíos rasos, pero también elevados, buscando superar el bloque rival y poder generar peligro. Y para colmo, era un equipo camaleónico, presentaba diferentes pieles. Sabía dominar y progresar con cercanos, pero a su vez, saltarse líneas y ser más directo. 

Una generación, única

En defensa rompieron con los códigos establecidos. Desde una presión medio-alta, algo inconcebible en la época, conseguía enjaular al hombre que portaba el esférico. La primera línea, compuesta por el 14’ solamente, se dejaba sobrepasar para impedir que vuelva a jugar con el meta (recordemos que no había cesión) y, a partir de aquello, se asfixiaba y rodeaba al poseedor con una agresividad tremebunda. Robaban con una facilidad y asiduidad pasmosa, haciendo, también, un gigantesco uso de dejar en fuera de juego al rival. Su físico imperaba sobre el resto, excepto con Alemania, que se igualaba en este aspecto. Podían permitirse ser valientes y estar expuestos en la mayoría de ataques. Superdotados técnica, táctica y físicamente. 

No ganar y ser recordado

Pero no venció. No campeonó. Quedó segundo, el eterno e inolvidable subcampeón. En el momento decisivo, pecó de bisoñez en galardones de este estilo, y eso que sus jugadores en sus clubes dominaron Europa. Cuando se puso por delante, perdió la final. Olvidó qué le había llevado allí y se desdibujó. Además, centelleó la pata coja de esa increíble selección, la falta de gol en sus filas. Eran magníficos jugadores, que de manera coral conseguían ganar, pero la ausencia del llamado hombre gol, que sí tenía su rival con Gerd Müller, los castigó hasta su caída. Cayeron, pero volverían a levantarse, otra larga historia a explicar. Despedazaron los estigmas implantados y marcaron época.  No ganó, pero perdura en nuestro recuerdo. Perdura con alegría, al compás de ‘La Traviata’ en nuestra mente. Y eso vale más que mil trofeos.

Foto portada | https://www.fifa.com/worldcup/archive/germany1974/

 

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